Todo responde a un afán de ordenación estética, más que a un claro compromiso e intento de construcción sintáctica y de ideas. Un trasunto de cartógrafo de lo etéreo que solo tiene palabras y breves apuntes para trazar las fronteras de la espuma. Un ejercicio tan vacuo y volátil como transcribir sueños engañando al subconsciente, puesto que te imbuyes y trasciendes al estado de las ondas propias del sueño mientras te encuentras, tecleando, sin estar despierto y sin estar dormido. Un taquígrafo en la penumbra inventariando una habitación onírica. Todo esto es y nada a la vez. Son solo renglones acumulados, palabras que explotan como fuegos artificiales en blanco y negro, ruido de una maquinaria lisérgica, apuntes del natural en un cuaderno mental.
El mismo párrafo se pregunta en qué coordenadas causales existe. ¿Dónde está? Suspendido entre grabaciones en disco, impreso en el papel, leído en habitaciones traseras por altavoces automáticos, expuesto en galerías de arte que solo abren al atardecer.
El pensamiento se encuentra supeditado a esa misma duda. ¿Es propio, es ajeno? La idea atribuida a la concatenación de libros a medio leer, titulares de periódico ojeados de reojo, noticias ensartadas entre saltos de canal, herencias encapsuladas en equivocaciones perpetuas y aciertos pasajeros.
Todo responde a un afán de transcripción automática, más que a un efecto educativo, comprensible, alternativo, disyuntivo, evocador, provocador. Es un corpus para leer entre saltos cuánticos, unas instrucciones de montaje para recitar de espaldas, una partitura para tararear con los párpados, palabras que tienen miedo de internarse solas en la nada.
Todo esto y nada de esto es lo que estás (quizás) leyendo.
