Agitar la mano frente a los ojos de otro. Avisarles del truco. Decirles donde está la carta, el pañuelo, la paloma. Y aún así que no te crean. Que sigan observando esa mano candente, pendular, activa, hipnótica y pueril de truco de barraca. Y tú gritas la solución en sus oídos, ofuscado porque se acabó la función y les están prestando más atención a los decorados flotantes que ya se alejan que a tu efímera función.
Sin embargo no te das cuenta que, queriendo hacer magia, los quisiste amoldar a tus movimientos. Y no se puede abrir la puerta de la magia para hacer aparecer una bola bajo un cubilete y luego cerrarla. Si abres la puerta todo es válido. El aplauso de reconocimiento y la mirada perdida imaginando los trucos que ellos podrían inventar.
No es lícito querer acaparar la mirada cuando todos somos magos.
