CRISTALES MAGENTAS.


Es más que probable que me encuentre con el magenta cuando el trino de las botellas vacías se derramen por los escalones. Hay algo en ese soniquete, ese ritmo perecedero sutil, espontáneo y próximo. La sintonía del peligro. El cristal tañiendo su última consumición. Mientras el magenta se derrama por los costados del alma y se presta a envolverlo todo para hacer la transición a la nada mucho más sencilla. No se rompen, sin embargo, y es una experiencia fallida. Dos docenas y media de cristales descansan en la base de las escaleras sin que ninguna muestre cicatrices de relámpagos. Y se retira el magenta, no se presta a seguir porque no está en el mismo tono. Se encuentra más bajo. No quiere seguir haciéndolo solo si la metáfora no le sigue el compás. Y hay que recoger el cristal con cuidado para volver a subir y arrojarlo, llegar antes que las botellas y esperar que el magenta se presente, esta vez sí, y que haga estallar los vacíos como si estuviese en un pelea en el callejón detrás de un bar.

CORTINILLAS.

Nunca es suficiente. No basta con mirar hacia adelante. Tienes que borrar los ojos de la nuca para confiar en lo que está por venir será mejor que lo que pasó por detrás. Y eso no es cierto, lo sabes bien. Y te callas durante las intros de series anidadas sin contenido interior porque no quieres decir que te ponen triste las canciones pegadizas que luego no cuentan la vida de la familia en un suburbio de Los Ángeles.

Pero te las pones, a consciencia. Y cuando eso no es suficiente, te pones cortinillas de televisión antiguas. Ahí es donde apenas piensas, donde apenas estás. Porque entre las armonías por ráfagas, los colores, los estroboscopios y los trucajes antiguos no te están preguntando quién eres ni qué quieres. Ni siquiera estaban preparados para que volvieses a verlos, ha sido como abrir un viejo almacén de reliquias y tocar sus cuerdas para que toquen igual que antaño y te produzcan la ilusión de que le tiempo no pasó. Pero no son cómplices. Porque suenan a antiguo y no pueden evitarlo porque, simple y llanamente, no piensan. Como tú delante de ellas.

Magenta. Amarillo. Verde. Cían. Ráfagas de música. Notas de películas antiguas. Manos cayendo sobre teclados. Y llega otra. Y otra más. Y tú estás allí, perenne, absorto, contemplando, mirando sin mirar. Fuera de ti. Como esos zooms inversos que hacen. Se fugan, lo sabes, y lo haces, lo repites. Adornas la vida con esos colores y luego haces puertas con ellos, puertas raudas que comunican con el pasado y que se marchan sin dar explicaciones. Siete minutos de puertas abiertas, psicodélicas, en tromba, siete minutos en los que no estás, en los que estás con los colores y respiras con un sintetizador metido en el pecho. No lo pienses más. Vuelve a ver esas ráfagas de colores.

Vuelve a escapar. Como ahora, escapando al viejo estilo del blanco y negro. Con letras. Frente a una pantalla dejando pasar el turno de la mente y solo contemplando como algo se mueve en el monitor, y algo se mueve en el exterior pero no dentro de ti, por que tu estás haciendo una breve pausa entre contenidos sin comprometerte a existir.

Y ahora unos anuncios antiguos de productos que ya no puedes comprar.

CASA AMARILLA.

No puedes perder de vista la casa amarilla. Es fluorescente al alba, parece que la llenan tentáculos iridiscentes por la tarde y simplemente es un punto de luz continua que enloquece por la noche. La hierba no crece allí, se para en la orilla y por los altos juncos corretean niños sin rostro que parecen muñecos movidos por difusas mareas anímicas. Polillas infantiles arrojadas hasta la casa que no pueden salir de los sembrados porque la casa amarilla los alcanzaría sin mover los cimientos. La casa amarilla permanece, se alimenta, cambia tu percepción y rota en sentido inverso a la tierra. Está siempre en el mismo lugar, pero no para quieta. Va a bordo de unas vías paralelas, no abandona el carril de acero y aluminio, que va pertrechado de remaches porque la casa amarilla pretende huir de sí misma. No tiene discernimiento, solo tiene unas protuberancias internas en vez de habitaciones y creen que ni siquiera es una casa. No tiene documentos. No está. Pero está. La casa amarilla es un hueco en la consciencia que ni siquiera es amarilla, puede ser que sea el color que más se le aproxime en la vista humana pero ni tan siquiera es seguro que sea su color .Las ventanas están pintadas en la fachada, ¿por qué deberían ser reales? Nadie saldrá de allí, nadie llegará a entrar. La casa amarilla es un pretexto para recordar a todas las almas que danzan a su alrededor que hay espacios incognoscibles que se escapan a las fotos de satélites. La casa amarilla es tan antigua como una montaña y nadie la puso ahí. Está. Y eso es suficiente para que se derrame por nuestros días y noches, que queramos huir de ella cuando la vemos reflejar su luz macilenta y que queramos entrar por las noches, porque su engañosa luz se asemeja a una vela y juega con eso, con la sensación de calor de hogar. Es una trampa la casa amarilla. Es una trampa para moscas. Se alimenta de ellas. Por eso los niños que corretean por el sembrado ya no entran, entraron, y se quedaron sin facciones. Se la quedó ella. La casa amarilla. Ella se quedó las facciones para adornar sus músculos y jugar a las casitas en su interior. Así llamará más al transeúnte. Parecerá que está habitada. La casa amarilla come por las noches cuando todo el mundo cierra los ojos para no verla y resulta interesante a los que buscan abismos. Es más acogedora. Creen que después de todo pueden vivir en la casa amarilla y no es más que eso, un espejismo, el hombre del saco con tejado a dos aguas que no necesita esconderse. Brilla con orgullo en mitad de su granja y sin moverse consigue su alimento. No se acerque a la casa amarilla. Y no se preocupe por correr. Terminará atrapándole en un sueño. Y el amarillo le parecerá dorado, cantará sus canciones de cuna, olerá como pan recién hecho y la casa amarilla se quedará con sus facciones para adornar los tendones de una habitación incierta en la segunda planta. Allí verá como uno por uno sus vecinos y los hijos de sus vecinos terminarán haciéndole compañía porque la casa amarilla nos sobrevivirá a todos. La casa amarilla se ocupará de ello.

DANZA CAÓTICA.

Roto el silente del desierto inhóspito, gris y caustico, las intrincadas excentricidades arbóreas del complejo cristalino se conmovían y retorcían al compás de quince sombras, que danzaban en torno a la fuente de estructuras fractales intentando reproducir los puntos cardinales en sus pisadas excéntricas con la percusión producida por sus propios zapateos. Siempre iban al compás. Ninguna pisada más larga que un paso. Arremolinados como pájaros abyectos en torno a las frágiles hojas esmeriladas, a fuerza de pisar las agrietaron, desmoronándose como una nevada temprana, navajas reflectantes descomponiéndose en notas por encima de la escala.

Trompicones. Patadas. Quince sombras compinchadas para derrumbar lo único bello de aquel lugar.

Cayeron las ramas, señalando a los culpables, que con algarabía callaban incluso los postreros estertores, los nervios piramidales disueltos en roca, la luminiscencia derramada, el estallido como recuerdo pasajero, las risas de animal.

Quince sombras partieron rumbo al siguiente prodigio. Por el camino se mataban el ánimo a patadas.

CRIMEN CONTINUO.

Los esfuerzos dirigidos hacia el futuro son desplantes ante un pavoroso espejo que prescinde de juicios y solo se dedica a ser una cámara de vigilancia a la altura de cada ladrón. Todas esas posturas, todas esas genuflexiones soberbias, ese masticar entre líneas, esas miradas de duelo del oeste, todo ello es recogido por el espejo que derrama la arena como un mal menor, como un simple chiste anecdótico que debe registrar en su constante vigilancia de lo cotidiano. Está en su naturaleza desplegarse sobre la línea temporal y mostrar sus acciones al arrepentido proyecto de criminal, que asiente ante una rueda de reconocimiento en donde todas las caras son culpables o lo serán en cuestión de segundos.

Todos nuestros movimientos, todas las poses, el sacar músculo, la lengua, el corazón y las vísceras, todo ello poco importa cuando el espectador es uno mismo y no termina de creerse la función.
Como asomarse a un monitor de vigilancia a registrar tus propias payasadas con un segundo de distancia.

Querer verte a ti mismo, cuadricularte en el tiempo, duplicarte en el continuo, visitar a un antiguo compinche en una cárcel lustrosa con pantalla de plata y preguntarse por qué se hizo aquel crimen.

Y responderte, desde dentro de la cárcel del tiempo pasado, que no fue tal.

Que fue una broma.

ALLÍ HABRÁ DRAGONES.

La práctica imposibilidad de conocer lo que ha de venir nos beneficia a corto plazo, pues es el largo plazo, el cierre de cuentas, lo que nos asegura que todos los filamentos vitales desembocan en el mismo páramo invisible. La pausa momentánea, el día que ha de venir, la siguiente respiración la damos por segura, pero también damos por segura nuestra práctica desaparición y es curioso que eso no nos tenga corriendo en círculos mientras buscamos una solución mágica.

Quizás no hacemos otra cosa durante nuestra pernoctación que asegurarnos la trascendencia individual. Que el huésped de esta pequeña habitación calcárea y cárnica será, al menos, recordado en un cuadriculado libro de registros y que nuestra anterior existencia será algo comprobable a poco que nos paremos a mirar las filas de números y letras, para saber con qué nombre tendremos que referirnos a los que ya han partido.

Quizás el ser humano no haga otra cosa que retrasar lo que desconoce, aferrándose a un control perentorio y fútil, creyendo con eso que es capitán de un navío cuyo miedo flota en el interior de la bodega cubierta por costillas. Un barco que va a desembocar en el limbo de los monstruos donde alguien, con sutil elegancia, decidió que plantaría los dragones para que nadie tuviese la intención de ir o, más bien, fuese su última intención.

La vida es plana y todos terminamos naufragando más allá del borde.

ARQUITECTURA A LA CARRERA.

La arquitectura pretende copiar el verde natural y solo puede plantar grandes muros de un color mohoso y desvaído, apenas cercano al color de la hierba bajo un manto de niebla matinal. El ejercicio constructivo corre en dirección contraria de la memoria, llevando bajo el brazo ásperas fotocopias de casas que no fueron. En eso se basan para apedrear el suelo con sus compuestos estructurales, olvidando a propósito que van a ser anidadas por humanos, no por limpiadores robóticos que aspiran a cartografiar las esquinas milimétricas de un piso céntrico.

Cuadriculando el papel aspiran a fomentar un hogar en el que los muros atrapan los sueños con amuletos de gavillas de forja y papeles notariales que se estremecen con los vientos de crédito. Corren los arquitectos en busca de nuevas tierras sin terminar de perfeccionar las anteriores, dejando parcelas enteras de pausas asfaltadas con ruinas, endebles verjas metálicas y mohosos anuncios del próspero porvenir.

eL arquitecto pretende copiar a la naturaleza y solo puede plantar grandes muros para un vivir mohoso y desvaído.

TIEMPONTOJO.

La pintura incluye un trampantojo temporal que no puede ser descubierto tanteando su marco con la yema de los dedos. Al ser un ejercicio egoísta de reverberación en el tiempo, no puede medirse con exactitud su duración. Un acto aún más exhibicionista que escribir, pues se reta al que pasa por delante a observarlo incluso sin intención.
Por más que quiera, un libro no puede obligarte a abrir sus hojas.
Una ventana suspendida en la pared del tiempo a la que asomarse para que las pupilas roten sobre pinceladas y conecten con el instante en el que se extendieron sobre el lienzo. Un aquí, ahora, después y siempre. El mapa de un sueño clavado en un bastidor que le impide disolverse en las orillas de la memoria.
Es el pintor colgado, desnudo, en la pared de un museo.

ESCONDITE ABIERTO.

La mejor manera de esconder algo en lo más profundo es publicarlo en una red social con un lenguaje hermético. Es como exponer los delitos y las faltas en un crucigrama colgado en el cristal de la ventana.

Pocos miran allí. Nadie se entretiene en desentrañar el misterio. Y si alguien pierde su valioso tiempo tratando de desmarañar los pensamientos de un extraño llegará a la conclusión equivocada de un crítico de arte que vuelca sus propias ideas sobre la obra de un artista muerto.

Si tan solo se parase en los valles y montañas de las letras y supiese ver el mecanismo desesperado que las mueve llegaría al convencimiento de que él mismo las escribió. Porque no hay asunto del alma que nos pueda parecer ajeno.

Solo debemos traducir un acertijo colgado sobre nuestras cabezas.

Extraños símbolos escritos en un papel colgados en una ventana.

TERAPIA.

Las coordenadas cerebrales pueden observarse a través de una estrecha rendija. Al ser singular, impide emular la prueba de doble ciego, con lo que no podemos saber si el pensamiento es a la vez idea y acción.

De alguna manera convenzo a la máquina interna de sentarse en un diván. Cierro la puerta y apago la luz. Si sobrevive a esa sesión de terapia extrema, tal vez pueda observar en sí misma dónde comienza la idea y dónde el miedo. Donde la elucubración y dónde el plan. Si es más fuerte el ansía o la cautela.
Es mi manera de hacerlo. Un autosecuestro volcado sobre un órgano, como si este fuese último responsable del devenir de la empresa corpórea. Pedirle las cuentas administrativas a quien está en la cúpula del triángulo por mera posición fisiológica.
Que la mente, interrogada, descuelgue un teléfono de carne e intente ponerse en contacto con el alma. Como si no la tuviese dormitando dentro y fuera. Como si esta no existiera.
Y emplazar a la junta de accionistas vitales a una última reunión, donde hacen acto de presencia los miedos, las ganas, los recuerdos y los instintos. Todos discutiendo mientras los cimientos de barro de su gran empresa se hunden, dejándolos cada vez más cerca del fango.
Una pugna por hacerse con la mayor parte de las acciones de una sociedad marchita.

Abro la puerta. El cerebro está allí, en la misma postura. Ha podido verme a través de las intenciones. Puede ver a través de mí. Sabía que abriría la puerta.
Sabía que la terapia no estaba teniendo lugar en aquella habitación oscura.
El examen se estaba realizando en el pasillo.