TRABAJOS EN PENUMBRA.

Ejercer la escritura desestructurada equivale a llamar a una asesoría legal a las doce de la noche.
Organizar los ficheros de facturación del último trimestre siguiendo el orden de un sueño.

Ordenar un relato lógico tomando como único recurso la abstracción invertebrada.
Trazar los planos de un edificio mediante la escritura automática.

Conceder permiso a la mente para ausentarse.
Teclear. Trazar.

Convertirse en un trasunto de medium que solo tiene conexión consigo mismo en un plano lógico que está a unos centímetros por encima de su cabeza. Invención luminosa disfrazada de halo de santidad. Un uroboros sintáctico que empieza y acaba en sí mismo. Un mensaje que no irá a ninguna parte proveniente de la suspensión del tiempo.

Trazar. Teclear.
No estar mientras se escribe.

Convertirse en un contable de palabras que las plasma sobre el papel dormido.
Vulnerar el ordenamiento lógico certificando la legalidad de sopas de letras sin resolver.

Evocar a la escritura desestructurada equivale a llamar a un despacho a las doce de la noche.
Y que sea uno mismo el que conteste al teléfono.

SOLES DE PAPEL

El acontecer egocentrista concéntrico tiende a generarse la falsa sensación de que el superviviente es responsable, en alguna medida, de todo lo que sucede en su órbita.


Por acción, omisión o mera apetencia desidiosa, las faltas que no son atribuibles al semejante son aplicables por perceptor. Un sol de corazón congelado que acarrea con la culpa de lo que sucede en su sistema.
Y quiere alumbrar más, a costa de enfriar más su núcleo. Gastarlo todo en emitir. Consumirse.
Precipitar su propia inexistencia. Sabiendo, quizás temiendo, que después de él pervivirá en la memoria.


Pero poco calientan los soles de papel.
Solo cuando se queman.

Acuarela de un sol rojo que parece derretirse sobre un mar gris que es apenas un trazo.

TRUCO

El público estaba expectante. Blancas canicas flotaban sobre los asientos con admiración. Pedían el siguiente truco. Otro más.
En el escenario, el mago se palpó los bolsillos secretos. Se había acabado la función, no habían más artificios.
El público vociferaba. Se removían en los asientos. Pedían otro truco, otro más.
El mago hizo pasar una caja oscura con aspecto de ataúd.
Se metió en el interior.
Pidió silencio.
Tras unos segundos, salió del interior de la caja tramposa. No había peticiones, ni murmullos, ni ojos con brillo infantil ansiando ilusiones nuevas.
El público había desaparecido.
Saludó a las butacas vacías.
Sonrió.

AUTOPRONÓSTICO.

Trato de describir ese temporal que se advierte en la lejanía con el afán de un meteorólogo no comprometido que se conforma con tener predicciones antiguas con las que comparar las nubes pretéritas. Un vértice de altas presiones aprieta sin descanso en la llanura con persistencia de martillo romo, aplicando presión inmisericorde que solo se disipa cuando, aún presente, los habitantes se acostumbran a ella. De cuando en cuando se percatan que aún viven bajo el golpeteo constante que desaloja el oxígeno. Sin embargo están acostumbrados a ello. Una borrasca húmeda y espesa corona la montaña. Apenas deja brotar el sol que derrite la cumbre un palmo para, en la siguiente racha de aire, volver a taparse como si el pico no quisiese ver ni entender de nada, solo centrado en aguantar el penacho de nieve sin el cual apenas sería espigada, estriada y desgastada cima.


El tiempo apenas cambia y, si lo hace, los habitantes no se atreven a paladearlo. No desean correr el riesgo de advertir que otra climatología es posible. Un día despejado pondría en peligro la supervivencia en los restantes días oscuros y pantanosos.


Con este panorama, para ese meteorólogo no comprometido es sencillo dar el pronóstico de mañana.


Le basta con comprobar sus notas antiguas y comunicar una al azar.

NOTA DE SECUESTRO.

He buscado el sentido en el scroll de pantalla pero no está ahí. He buscado la pregunta correcta a través de las respuestas veladas de otros, pero la razón de continuar observando la pantalla en busca de una idea fugaz a la que pedir un significado requiere de un tiempo metahumano, biónico, de un tiempo en el que no sea necesario dormir y en el que el filtro programado apunte las flechas de la certidumbre justo a ese extracto de vida ajena con la que emparejar tu intuición para sacar una conclusión nada clara.
Sin embargo, cuanto más se avanza en los caracteres por la pantalla, más caracteres aparecen en la pantalla propia. Más ideas, apuntadas o no, se muestran. Como si se tratase de ordenar una sopa de letras del tamaño de la vía láctea para buscar la frase que te lleve a ganar el bote del concurso.
Y sigues esperando. Porque en la siguiente actualización puede aparecer ese fragmento de carta de rescate fabricado con rótulos de revistas pegados con luz a tu pantalla. Ese mensaje que te indica dónde debes ir y qué debes pagar para rescatar a la verdad si no quieres que se pierda para siempre.

Pendiente del teléfono. Por si llega el mensaje.

MENSAJE SIN MENSAJE.

El receptor espera un mensaje articulado y sin embargo recibe un edificio envuelto en bruma delimitado por lejanos relámpagos. El lector arquea las cejas ante lo inesperado de las páginas desorganizadas que emiten en televisión en horario de mañana para desempleados nostálgicos que solo saben ver lo que vieron. Es inútil que el receptor intente sonsacar la información esperada a un texto redactado con los ojos rodando por las nubes, sin ni siquiera la certeza de que se están cometiendo faltas por las gaviotas que lo cruzan.


No hay mensaje aquí. No hay aprovechamiento, ni utilitarismo, ni enseñanza ni manera de conseguir dinero, fama, fortuna, reconocimiento, amor, templanza, bienes fungibles ni pagarés para el alma. Son solo dos sinfonías tocadas a cuatro manos sin que los ejecutantes hayan tenido tiempo ni intención de ensayar previamente.


Usted no recibirá beneficio de estas palabras si llega a leerlas. Usted no entenderá nada. Usted ha estado unos segundos, minutos, momentos, latidos, leyendo sin sacar nada en claro.


El receptor espera un mensaje articulado y solo llegan ráfagas morse para ciegos. El lector esperaba lectura y la vida le devuelve un caos letrado y una sensación de leer en sueños.


El mensaje termina aquí. Usted no debe reflexionar sobre este punto.

Edificio envuelto en nubes. Los primeros pisos son perceptibles pero la estructura de ventanas se disuelve en lo alto.

INCENDIOS.

Incendios cotidianos que devoran bosques que ya fueron quemados en un sempiterno esfuerzo de revelar la capa freática de la tierra que arrasa. Llamas ámbar cristalizadas que agujerean las rocas fundiendo el parecer y el ser del paisaje negando su constancia. Fuego que calcina el mismo oxígeno que condena la persistencia del hábitat endógeno convirtiendo toda la vida circundante en un oscilante teatro de sombras.


El campo incendiado en slow-motion para alargar aún más la combustión.


Un incendio eterno. Un infierno.

Un bosque en llamas. Los estrechos troncos de los árboles parecen ejercer de barrotes, encerrando un fuego que les consume.

FUEGO, ACERO Y PIEDRA.

El acero candente vuelve a cruzar la línea de costa. Traza la paralela del océano cuando las nubes permiten vislumbrarla. Observa como avanza en su giro concéntrico, proyectando un vórtice futuro, emitiendo una promesa de jurado cumplimiento. Jura, no promete, porque sabe que si no lo logra el castillo terminará cayendo. El proyectil se disparó al principio y de su fórmula matemática se ha eliminado la resistencia y se desprecia el ángulo de caída. Trabajan bajo un contrato tramposo de obra y servicio, dispuesto a extinguirse.
Quizás el castillo ofrezca su rendición pero el proyectil no haya llegado a alcanzarlo y tanto da, porque el castillo deberá esperar, piedra sobre piedra, a que el acero concentrado lo atraviese y acabe así su reinado.

ESCRITURA AUTOMÁTICA

Entiendo la escritura automática como un requisito indispensable para vaciar el diálogo de contenido y, a su vez, elevarlo convirtiéndolo en un texto sin sujeto. Imagina una habitación vacía en donde un ordenador desgrana palabras aleatorias y otro se encarga de transcribirlas sin ponerles nota ni corrección. Una suerte de encontrar patrones en las gotas de lluvia y con él llenar un lienzo a medias con un poema prendido del marco. Una nada anti-utilitaria, autónoma. Una transmisión desde una luna de Júpiter que no entiendes pero no puedes dejar de escuchar. Porque es nueva. Porque no tienes que recordarla, no te darán un título por repetirla, no te va a servir para ganar dinero.

El ejercicio se perpetúa sin intervención del ego. No hay nadie escribiendo, solo se recibe un teletipo en papel continuo cifrado por el aliado durmiente que cada cierto número de palabras inocuas te avisa de un peligro en código secreto. Haz con el papel lo que quieras. Transmítelo a tus superiores, o píntale un bigote al margen. Ese teletipo seguirá escupiendo palabras y te puedes perder alguna sin temor a no entender la serie. Vas por el capítulo S03x08 y te da igual porque no hay personajes. O sí, y son autoexplicativos y autoconclusivos. Y el escenario es tu casa o el pasado al que no puedes volver. Y hay un sencillo elefante de patas de alambre o una hermética cafetera en una habitación no euclidiana.

Y te da igual. Porque esa serie la estás soñando y mañana emiten otra distinta con los mismos actores.

En este método surrealista no hay nadie, no hay nada. Solo estímulos rescatados del sueño.

MODUS OPERANDI

Todo responde a un afán de ordenación estética, más que a un claro compromiso e intento de construcción sintáctica y de ideas. Un trasunto de cartógrafo de lo etéreo que solo tiene palabras y breves apuntes para trazar las fronteras de la espuma. Un ejercicio tan vacuo y volátil como transcribir sueños engañando al subconsciente, puesto que te imbuyes y trasciendes al estado de las ondas propias del sueño mientras te encuentras, tecleando, sin estar despierto y sin estar dormido. Un taquígrafo en la penumbra inventariando una habitación onírica. Todo esto es y nada a la vez. Son solo renglones acumulados, palabras que explotan como fuegos artificiales en blanco y negro, ruido de una maquinaria lisérgica, apuntes del natural en un cuaderno mental.

El mismo párrafo se pregunta en qué coordenadas causales existe. ¿Dónde está? Suspendido entre grabaciones en disco, impreso en el papel, leído en habitaciones traseras por altavoces automáticos, expuesto en galerías de arte que solo abren al atardecer.

El pensamiento se encuentra supeditado a esa misma duda. ¿Es propio, es ajeno? La idea atribuida a la concatenación de libros a medio leer, titulares de periódico ojeados de reojo, noticias ensartadas entre saltos de canal, herencias encapsuladas en equivocaciones perpetuas y aciertos pasajeros.

Todo responde a un afán de transcripción automática, más que a un efecto educativo, comprensible, alternativo, disyuntivo, evocador, provocador. Es un corpus para leer entre saltos cuánticos, unas instrucciones de montaje para recitar de espaldas, una partitura para tararear con los párpados, palabras que tienen miedo de internarse solas en la nada.

Todo esto y nada de esto es lo que estás (quizás) leyendo.