Entiendo la escritura automática como un requisito indispensable para vaciar el diálogo de contenido y, a su vez, elevarlo convirtiéndolo en un texto sin sujeto. Imagina una habitación vacía en donde un ordenador desgrana palabras aleatorias y otro se encarga de transcribirlas sin ponerles nota ni corrección. Una suerte de encontrar patrones en las gotas de lluvia y con él llenar un lienzo a medias con un poema prendido del marco. Una nada anti-utilitaria, autónoma. Una transmisión desde una luna de Júpiter que no entiendes pero no puedes dejar de escuchar. Porque es nueva. Porque no tienes que recordarla, no te darán un título por repetirla, no te va a servir para ganar dinero.
El ejercicio se perpetúa sin intervención del ego. No hay nadie escribiendo, solo se recibe un teletipo en papel continuo cifrado por el aliado durmiente que cada cierto número de palabras inocuas te avisa de un peligro en código secreto. Haz con el papel lo que quieras. Transmítelo a tus superiores, o píntale un bigote al margen. Ese teletipo seguirá escupiendo palabras y te puedes perder alguna sin temor a no entender la serie. Vas por el capítulo S03x08 y te da igual porque no hay personajes. O sí, y son autoexplicativos y autoconclusivos. Y el escenario es tu casa o el pasado al que no puedes volver. Y hay un sencillo elefante de patas de alambre o una hermética cafetera en una habitación no euclidiana.
Y te da igual. Porque esa serie la estás soñando y mañana emiten otra distinta con los mismos actores.
En este método surrealista no hay nadie, no hay nada. Solo estímulos rescatados del sueño.
