MAGOS.

Agitar la mano frente a los ojos de otro. Avisarles del truco. Decirles donde está la carta, el pañuelo, la paloma. Y aún así que no te crean. Que sigan observando esa mano candente, pendular, activa, hipnótica y pueril de truco de barraca. Y tú gritas la solución en sus oídos, ofuscado porque se acabó la función y les están prestando más atención a los decorados flotantes que ya se alejan que a tu efímera función.


Sin embargo no te das cuenta que, queriendo hacer magia, los quisiste amoldar a tus movimientos. Y no se puede abrir la puerta de la magia para hacer aparecer una bola bajo un cubilete y luego cerrarla. Si abres la puerta todo es válido. El aplauso de reconocimiento y la mirada perdida imaginando los trucos que ellos podrían inventar.

No es lícito querer acaparar la mirada cuando todos somos magos.

OLVIDO

Cualquiera puede tener un olvido. Cualquiera. Es normal que no todo quede ordenado tras la aparición desestimada de cuatro caballeros prístinos que señalan las noches venideras con intachable pudor. Olvidar un recuerdo, una civilización entera.

Cualquiera puede girar la espalda y no encontrar aquello que fue. Cualquiera puede olvidarse de lo que no fue y añadirse a la comitiva intrínseca que a todos nos lleva a los postreros periplos de lo incognoscible. 

Cualquiera puede olvidar todo lo que sabe y quizás un anónimo le haga el favor de encontrarle allí donde está perterchado de clavos y alambres de espinazo. Todo puede ser olvidado, estas líneas, estas elucubraciones, estas pantallas pasadas escritas sobre la cornisa del sueño. 

Que no os apene el olvidar algo por grande que sea. 

Así quedará espacio para otros olvidos futuros.

MADRUGADA (1).

He visto a los gemelos en llamas anteceder al gran cabalgador de hielo. Permanecían atentos a la gran calavera del caballo estelar.
Suspendidos en el magnetismo telegrafiado hay planetas de colores brillantes que pasan de lo inerte a lo vívido.
Todos son estrellas esta noche.
Todos son antiguos ángeles olvidados.

Estas vías sintetizadas conectan dos puntos que ya no existen.
Hace tiempo que la autoridad clausuró la ciudad por falta de asistencia.

Eran casas puntillistas surgidas de pasados silbidos azules, amarillos y magentas.
Casas con fotografías de trompetas y tristes retratos de moradores desconocidos.

Todo suena a visto.
Recuerdo esas perlas iridiscentes de otros tiempos. Tiempos que no contemplaba porque pasaba por debajo de los rayos.
Estas partes de vuestras vidas se me antojan ajenas, parcas y descoloridas. Saben a caramelos añejos, a ocasos de naranja y a destellos en la lente de la memoria.

SOLES DE PAPEL

El acontecer egocentrista concéntrico tiende a generarse la falsa sensación de que el superviviente es responsable, en alguna medida, de todo lo que sucede en su órbita.


Por acción, omisión o mera apetencia desidiosa, las faltas que no son atribuibles al semejante son aplicables por perceptor. Un sol de corazón congelado que acarrea con la culpa de lo que sucede en su sistema.
Y quiere alumbrar más, a costa de enfriar más su núcleo. Gastarlo todo en emitir. Consumirse.
Precipitar su propia inexistencia. Sabiendo, quizás temiendo, que después de él pervivirá en la memoria.


Pero poco calientan los soles de papel.
Solo cuando se queman.

Acuarela de un sol rojo que parece derretirse sobre un mar gris que es apenas un trazo.