MUDANZA SENSORIAL.

Tan solo unas líneas testimoniales para solicitar una conferencia con el reverso cerebral. No debe tener en cuenta estos tonos, son solo para detectar que los dos lados de ninguna persona se encuentran dispuestos a ser traspasados por palabras que brotan desde algún lugar. Acomódese como el que se entretiene en una sala de espera mirando una calle que no observaría en condiciones normales, una luz en una ventana donde solo pasa una cabeza fugaz cada cierto tiempo.

Usted no debe reflexionar en absoluto sobre lo que oiga o vea. Son solo fragmentos encadenados de algo más grande, como querer aprehender el mundo a través de un ventanuco. Una pequeña apertura de cristal esmerilado en el fondo de algún callejón excéntrico. Como querer desarrollar la idea compleja de todo lo que nos rodea a través de la sensación que nos produce en la retina de una luz distante que podía ser una farola, un coche aparcado o otra ventana paralela que comunica con el día. Tranquilo, todo esto no tiene mayor relevancia. Es el sustitutivo de la razón. Es una calle vacía a lado y lado por la que pasear sin peligro alguno de ser abordado por un sentimiento. Somos especialistas en mudanzas sensoriales.

No nos abandone sin haber probado nuestra especialidad: el vacío espontáneo. Tiene que probarlo. Es cómodo. Es hermético. Es inútil hasta el punto de que los signos vitales se preguntan si deberían seguir estando presentes cuando toda la consciencia se ha escapado hasta estrellarse sobre una pantalla.

Es la niebla gris de la estática del monitor mirada de cerca. Allí había trozos de nada, unos y ceros, testimonio del lugar ocupado por algo emitido con un mínimo interés. Ocurre aquí lo mismo. No es más que estática que usted se esfuerza en moldear mientras la observa danzar. Como si todo dependiese del sentido que le quiera dar, el que le tema dar, el que se niegue a darle. Como si todo dependiera de usted. Yo aquí le ofrezco la oportunidad de olvidarse conmigo. De transitar las palabras asintiendo cada cierto tiempo esperando encontrar aquí y allí un fragmento que le permita subirse al tren en marcha. Siento decirle que esta no es la intención.

Pero si encuentra algo que le guste puede quedárselo.

Tampoco es mío.

IMPERSONAL.

Estas líneas inauditas discurren vacías. Impersonales. Como si algo se pudiese contar en ausencia de un protagonista. Una frase que es un verbo. Llueve. Y llueve para todos, o se precipita un torrente inmisericorde en mitad de un bosque, donde nadie lo puede transcribir.

Prospectos medicinales en los que se introduce una cláusula abusiva y nadie llega a esa línea porque solo importa cada cuanto tiempo puede uno tomarse como real a sí mismo.

Estas líneas solo pueden ser ocupadas por quién las lea. Sin embargo, es tan basto el océano, que quizás nadie llegue a sus orillas. Será, este, un nuevo caso de tronco hueco cayendo sin ruido. Un mensaje en una botella enterrada. Líneas impresas en tamaño de fuente tres lanzadas al espacio.

Y no importa. Porque ningún personaje sufrirá el olvido.

No hubo protagonista. No existió lector. Ni siquiera el autor estaba presente.

Como un grupo de estrellas distantes sobre la que trazamos la constelación de un dios inexistente.

Puntos que unen la nada.

MECARNISMOS.

Interruptores cerebrales latentes conectan estancias del palacio que interaccionan con un alto grado de aleatoriedad.
Puedes escuchar los crudos crujidos de los generadores eléctricos al mover las habitaciones para crear nuevos espacios con propósitos distintos.
Mi favorito, donde hago vida, es el que enlaza el dormitorio con el despacho. Allí puedo dejar escritas notas sobre los sueños,
Sin embargo, últimamente, son algo vacuos y me pregunto si puedo conectar algún otro interruptor para que toda la realidad no sea más que hormigón onírico.

SOÑAR CON CASAS AJENAS.

Soñar con casas ajenas. Pernoctar en vidas de otros sin ser visto. Transitar por paredes de la memoria, por adornos colgados de otros días, por mobiliario adivinado en un fugaz vistazo.

Soñar con casas ajenas desde el anhelo de ser otra casa, otra persona, otra vida. Un par de escenas en la penumbra del pasillo entre tu vida y la vida de nadie, pues nadie vive entre aquellas paredes gaseosas, solo se desplazan cabezas de fantasmas que no es necesario desarrollar, pues con el rostro y unos jirones la mente tiene bastante. No hay baños, o sí, hay diez. No hay habitaciones, o es una colmena. No hay razón entre aquellos muros que recuerdan a tu hogar en fotografías veladas. Soñar desde otro sitio para encontrarte arrojado en la misma cama de siempre con las esquinas ocultas de ese otro lugar disolviéndose en la mañana.

Soñar en casas ajenas. Soñar con tu casa disfrazada. Con similar reparto. Con escenario adaptado.
Con el fondo de esa casa ocultando lo que no quieres ver. Porque, pese a que no es racional, el arquitecto mental ha querido hacerte el favor de esconder los terrores en habitaciones a las que no has de llegar. Al final del pasillo.

Al fondo de ti mismo.

MÁS MENOS.

+

Una imperante necesidad de transcribir los pulsos del vacío. Un estímulo pineal que empuja hacia atrás los contornos de la visión. Nada. Nada beatífica que rellena los espacios vacíos del intracosmos. Señales radioeléctricas que iluminan árboles neuronales.
Ya estoy bajando al terreno de lo dúctil.


El andar boca abajo en la senda del desatino. Burbujean los términos que provienen de un profundo magma color hueso.
“Está todo aquí” se escucha decir desde el interior del huevo.

ASOMARSE

Solo un instante para estar asomado en la esquina que cuelga entre dimensiones. Solo unos segundos para observar distantes luces cáusticas, iridiscencias lejanas sobre promesas habitables inalcanzables desde este punto flotante entre las linternas. Solo un equilibrio anecdótico escuchando rumores de recuerdos tan antiguos que suenan a ajenos mientras la noche se apaga demostrando que la ciudad no es nada más que constructos acordados entre nosotros, que no habrá ventanas encendidas si no creemos en ellas, que no existe un lugar al que volver más allá de la posición antigua de extintas estrellas.
Un insecto pasa. No le importa nada.
Agarrado en las esquinas del día, próximo a ese desprendimiento en la nada que supone el sueño, resplandores de otras vidas se atenúan si dejas de mirar y te asomas a la memoria reconstruida, la memoria que no es tal, la permanencia de asuntos desaparecidos que toman cuerpo etéreo para hacer de las noches algo más llevadero.
Solo un instante para estar asomado a la nada y toda la noche para flotar en ella.

CRISTALES MAGENTAS.


Es más que probable que me encuentre con el magenta cuando el trino de las botellas vacías se derramen por los escalones. Hay algo en ese soniquete, ese ritmo perecedero sutil, espontáneo y próximo. La sintonía del peligro. El cristal tañiendo su última consumición. Mientras el magenta se derrama por los costados del alma y se presta a envolverlo todo para hacer la transición a la nada mucho más sencilla. No se rompen, sin embargo, y es una experiencia fallida. Dos docenas y media de cristales descansan en la base de las escaleras sin que ninguna muestre cicatrices de relámpagos. Y se retira el magenta, no se presta a seguir porque no está en el mismo tono. Se encuentra más bajo. No quiere seguir haciéndolo solo si la metáfora no le sigue el compás. Y hay que recoger el cristal con cuidado para volver a subir y arrojarlo, llegar antes que las botellas y esperar que el magenta se presente, esta vez sí, y que haga estallar los vacíos como si estuviese en un pelea en el callejón detrás de un bar.

CORTINILLAS.

Nunca es suficiente. No basta con mirar hacia adelante. Tienes que borrar los ojos de la nuca para confiar en lo que está por venir será mejor que lo que pasó por detrás. Y eso no es cierto, lo sabes bien. Y te callas durante las intros de series anidadas sin contenido interior porque no quieres decir que te ponen triste las canciones pegadizas que luego no cuentan la vida de la familia en un suburbio de Los Ángeles.

Pero te las pones, a consciencia. Y cuando eso no es suficiente, te pones cortinillas de televisión antiguas. Ahí es donde apenas piensas, donde apenas estás. Porque entre las armonías por ráfagas, los colores, los estroboscopios y los trucajes antiguos no te están preguntando quién eres ni qué quieres. Ni siquiera estaban preparados para que volvieses a verlos, ha sido como abrir un viejo almacén de reliquias y tocar sus cuerdas para que toquen igual que antaño y te produzcan la ilusión de que le tiempo no pasó. Pero no son cómplices. Porque suenan a antiguo y no pueden evitarlo porque, simple y llanamente, no piensan. Como tú delante de ellas.

Magenta. Amarillo. Verde. Cían. Ráfagas de música. Notas de películas antiguas. Manos cayendo sobre teclados. Y llega otra. Y otra más. Y tú estás allí, perenne, absorto, contemplando, mirando sin mirar. Fuera de ti. Como esos zooms inversos que hacen. Se fugan, lo sabes, y lo haces, lo repites. Adornas la vida con esos colores y luego haces puertas con ellos, puertas raudas que comunican con el pasado y que se marchan sin dar explicaciones. Siete minutos de puertas abiertas, psicodélicas, en tromba, siete minutos en los que no estás, en los que estás con los colores y respiras con un sintetizador metido en el pecho. No lo pienses más. Vuelve a ver esas ráfagas de colores.

Vuelve a escapar. Como ahora, escapando al viejo estilo del blanco y negro. Con letras. Frente a una pantalla dejando pasar el turno de la mente y solo contemplando como algo se mueve en el monitor, y algo se mueve en el exterior pero no dentro de ti, por que tu estás haciendo una breve pausa entre contenidos sin comprometerte a existir.

Y ahora unos anuncios antiguos de productos que ya no puedes comprar.

CASA AMARILLA.

No puedes perder de vista la casa amarilla. Es fluorescente al alba, parece que la llenan tentáculos iridiscentes por la tarde y simplemente es un punto de luz continua que enloquece por la noche. La hierba no crece allí, se para en la orilla y por los altos juncos corretean niños sin rostro que parecen muñecos movidos por difusas mareas anímicas. Polillas infantiles arrojadas hasta la casa que no pueden salir de los sembrados porque la casa amarilla los alcanzaría sin mover los cimientos. La casa amarilla permanece, se alimenta, cambia tu percepción y rota en sentido inverso a la tierra. Está siempre en el mismo lugar, pero no para quieta. Va a bordo de unas vías paralelas, no abandona el carril de acero y aluminio, que va pertrechado de remaches porque la casa amarilla pretende huir de sí misma. No tiene discernimiento, solo tiene unas protuberancias internas en vez de habitaciones y creen que ni siquiera es una casa. No tiene documentos. No está. Pero está. La casa amarilla es un hueco en la consciencia que ni siquiera es amarilla, puede ser que sea el color que más se le aproxime en la vista humana pero ni tan siquiera es seguro que sea su color .Las ventanas están pintadas en la fachada, ¿por qué deberían ser reales? Nadie saldrá de allí, nadie llegará a entrar. La casa amarilla es un pretexto para recordar a todas las almas que danzan a su alrededor que hay espacios incognoscibles que se escapan a las fotos de satélites. La casa amarilla es tan antigua como una montaña y nadie la puso ahí. Está. Y eso es suficiente para que se derrame por nuestros días y noches, que queramos huir de ella cuando la vemos reflejar su luz macilenta y que queramos entrar por las noches, porque su engañosa luz se asemeja a una vela y juega con eso, con la sensación de calor de hogar. Es una trampa la casa amarilla. Es una trampa para moscas. Se alimenta de ellas. Por eso los niños que corretean por el sembrado ya no entran, entraron, y se quedaron sin facciones. Se la quedó ella. La casa amarilla. Ella se quedó las facciones para adornar sus músculos y jugar a las casitas en su interior. Así llamará más al transeúnte. Parecerá que está habitada. La casa amarilla come por las noches cuando todo el mundo cierra los ojos para no verla y resulta interesante a los que buscan abismos. Es más acogedora. Creen que después de todo pueden vivir en la casa amarilla y no es más que eso, un espejismo, el hombre del saco con tejado a dos aguas que no necesita esconderse. Brilla con orgullo en mitad de su granja y sin moverse consigue su alimento. No se acerque a la casa amarilla. Y no se preocupe por correr. Terminará atrapándole en un sueño. Y el amarillo le parecerá dorado, cantará sus canciones de cuna, olerá como pan recién hecho y la casa amarilla se quedará con sus facciones para adornar los tendones de una habitación incierta en la segunda planta. Allí verá como uno por uno sus vecinos y los hijos de sus vecinos terminarán haciéndole compañía porque la casa amarilla nos sobrevivirá a todos. La casa amarilla se ocupará de ello.

DANZA CAÓTICA.

Roto el silente del desierto inhóspito, gris y caustico, las intrincadas excentricidades arbóreas del complejo cristalino se conmovían y retorcían al compás de quince sombras, que danzaban en torno a la fuente de estructuras fractales intentando reproducir los puntos cardinales en sus pisadas excéntricas con la percusión producida por sus propios zapateos. Siempre iban al compás. Ninguna pisada más larga que un paso. Arremolinados como pájaros abyectos en torno a las frágiles hojas esmeriladas, a fuerza de pisar las agrietaron, desmoronándose como una nevada temprana, navajas reflectantes descomponiéndose en notas por encima de la escala.

Trompicones. Patadas. Quince sombras compinchadas para derrumbar lo único bello de aquel lugar.

Cayeron las ramas, señalando a los culpables, que con algarabía callaban incluso los postreros estertores, los nervios piramidales disueltos en roca, la luminiscencia derramada, el estallido como recuerdo pasajero, las risas de animal.

Quince sombras partieron rumbo al siguiente prodigio. Por el camino se mataban el ánimo a patadas.