MAGOS.

Agitar la mano frente a los ojos de otro. Avisarles del truco. Decirles donde está la carta, el pañuelo, la paloma. Y aún así que no te crean. Que sigan observando esa mano candente, pendular, activa, hipnótica y pueril de truco de barraca. Y tú gritas la solución en sus oídos, ofuscado porque se acabó la función y les están prestando más atención a los decorados flotantes que ya se alejan que a tu efímera función.


Sin embargo no te das cuenta que, queriendo hacer magia, los quisiste amoldar a tus movimientos. Y no se puede abrir la puerta de la magia para hacer aparecer una bola bajo un cubilete y luego cerrarla. Si abres la puerta todo es válido. El aplauso de reconocimiento y la mirada perdida imaginando los trucos que ellos podrían inventar.

No es lícito querer acaparar la mirada cuando todos somos magos.

IMPERSONAL.

Estas líneas inauditas discurren vacías. Impersonales. Como si algo se pudiese contar en ausencia de un protagonista. Una frase que es un verbo. Llueve. Y llueve para todos, o se precipita un torrente inmisericorde en mitad de un bosque, donde nadie lo puede transcribir.

Prospectos medicinales en los que se introduce una cláusula abusiva y nadie llega a esa línea porque solo importa cada cuanto tiempo puede uno tomarse como real a sí mismo.

Estas líneas solo pueden ser ocupadas por quién las lea. Sin embargo, es tan basto el océano, que quizás nadie llegue a sus orillas. Será, este, un nuevo caso de tronco hueco cayendo sin ruido. Un mensaje en una botella enterrada. Líneas impresas en tamaño de fuente tres lanzadas al espacio.

Y no importa. Porque ningún personaje sufrirá el olvido.

No hubo protagonista. No existió lector. Ni siquiera el autor estaba presente.

Como un grupo de estrellas distantes sobre la que trazamos la constelación de un dios inexistente.

Puntos que unen la nada.