Estas líneas inauditas discurren vacías. Impersonales. Como si algo se pudiese contar en ausencia de un protagonista. Una frase que es un verbo. Llueve. Y llueve para todos, o se precipita un torrente inmisericorde en mitad de un bosque, donde nadie lo puede transcribir.
Prospectos medicinales en los que se introduce una cláusula abusiva y nadie llega a esa línea porque solo importa cada cuanto tiempo puede uno tomarse como real a sí mismo.
Estas líneas solo pueden ser ocupadas por quién las lea. Sin embargo, es tan basto el océano, que quizás nadie llegue a sus orillas. Será, este, un nuevo caso de tronco hueco cayendo sin ruido. Un mensaje en una botella enterrada. Líneas impresas en tamaño de fuente tres lanzadas al espacio.
Y no importa. Porque ningún personaje sufrirá el olvido.
No hubo protagonista. No existió lector. Ni siquiera el autor estaba presente.
Como un grupo de estrellas distantes sobre la que trazamos la constelación de un dios inexistente.
Puntos que unen la nada.
