OLVIDO

Cualquiera puede tener un olvido. Cualquiera. Es normal que no todo quede ordenado tras la aparición desestimada de cuatro caballeros prístinos que señalan las noches venideras con intachable pudor. Olvidar un recuerdo, una civilización entera.

Cualquiera puede girar la espalda y no encontrar aquello que fue. Cualquiera puede olvidarse de lo que no fue y añadirse a la comitiva intrínseca que a todos nos lleva a los postreros periplos de lo incognoscible. 

Cualquiera puede olvidar todo lo que sabe y quizás un anónimo le haga el favor de encontrarle allí donde está perterchado de clavos y alambres de espinazo. Todo puede ser olvidado, estas líneas, estas elucubraciones, estas pantallas pasadas escritas sobre la cornisa del sueño. 

Que no os apene el olvidar algo por grande que sea. 

Así quedará espacio para otros olvidos futuros.

SOLES DE PAPEL

El acontecer egocentrista concéntrico tiende a generarse la falsa sensación de que el superviviente es responsable, en alguna medida, de todo lo que sucede en su órbita.


Por acción, omisión o mera apetencia desidiosa, las faltas que no son atribuibles al semejante son aplicables por perceptor. Un sol de corazón congelado que acarrea con la culpa de lo que sucede en su sistema.
Y quiere alumbrar más, a costa de enfriar más su núcleo. Gastarlo todo en emitir. Consumirse.
Precipitar su propia inexistencia. Sabiendo, quizás temiendo, que después de él pervivirá en la memoria.


Pero poco calientan los soles de papel.
Solo cuando se queman.

Acuarela de un sol rojo que parece derretirse sobre un mar gris que es apenas un trazo.