Soñar con casas ajenas. Pernoctar en vidas de otros sin ser visto. Transitar por paredes de la memoria, por adornos colgados de otros días, por mobiliario adivinado en un fugaz vistazo.
Soñar con casas ajenas desde el anhelo de ser otra casa, otra persona, otra vida. Un par de escenas en la penumbra del pasillo entre tu vida y la vida de nadie, pues nadie vive entre aquellas paredes gaseosas, solo se desplazan cabezas de fantasmas que no es necesario desarrollar, pues con el rostro y unos jirones la mente tiene bastante. No hay baños, o sí, hay diez. No hay habitaciones, o es una colmena. No hay razón entre aquellos muros que recuerdan a tu hogar en fotografías veladas. Soñar desde otro sitio para encontrarte arrojado en la misma cama de siempre con las esquinas ocultas de ese otro lugar disolviéndose en la mañana.
Soñar en casas ajenas. Soñar con tu casa disfrazada. Con similar reparto. Con escenario adaptado.
Con el fondo de esa casa ocultando lo que no quieres ver. Porque, pese a que no es racional, el arquitecto mental ha querido hacerte el favor de esconder los terrores en habitaciones a las que no has de llegar. Al final del pasillo.
Al fondo de ti mismo.
