MAGOS.

Agitar la mano frente a los ojos de otro. Avisarles del truco. Decirles donde está la carta, el pañuelo, la paloma. Y aún así que no te crean. Que sigan observando esa mano candente, pendular, activa, hipnótica y pueril de truco de barraca. Y tú gritas la solución en sus oídos, ofuscado porque se acabó la función y les están prestando más atención a los decorados flotantes que ya se alejan que a tu efímera función.


Sin embargo no te das cuenta que, queriendo hacer magia, los quisiste amoldar a tus movimientos. Y no se puede abrir la puerta de la magia para hacer aparecer una bola bajo un cubilete y luego cerrarla. Si abres la puerta todo es válido. El aplauso de reconocimiento y la mirada perdida imaginando los trucos que ellos podrían inventar.

No es lícito querer acaparar la mirada cuando todos somos magos.

CRISTALES MAGENTAS.


Es más que probable que me encuentre con el magenta cuando el trino de las botellas vacías se derramen por los escalones. Hay algo en ese soniquete, ese ritmo perecedero sutil, espontáneo y próximo. La sintonía del peligro. El cristal tañiendo su última consumición. Mientras el magenta se derrama por los costados del alma y se presta a envolverlo todo para hacer la transición a la nada mucho más sencilla. No se rompen, sin embargo, y es una experiencia fallida. Dos docenas y media de cristales descansan en la base de las escaleras sin que ninguna muestre cicatrices de relámpagos. Y se retira el magenta, no se presta a seguir porque no está en el mismo tono. Se encuentra más bajo. No quiere seguir haciéndolo solo si la metáfora no le sigue el compás. Y hay que recoger el cristal con cuidado para volver a subir y arrojarlo, llegar antes que las botellas y esperar que el magenta se presente, esta vez sí, y que haga estallar los vacíos como si estuviese en un pelea en el callejón detrás de un bar.