MADRUGADA (1).

He visto a los gemelos en llamas anteceder al gran cabalgador de hielo. Permanecían atentos a la gran calavera del caballo estelar.
Suspendidos en el magnetismo telegrafiado hay planetas de colores brillantes que pasan de lo inerte a lo vívido.
Todos son estrellas esta noche.
Todos son antiguos ángeles olvidados.

Estas vías sintetizadas conectan dos puntos que ya no existen.
Hace tiempo que la autoridad clausuró la ciudad por falta de asistencia.

Eran casas puntillistas surgidas de pasados silbidos azules, amarillos y magentas.
Casas con fotografías de trompetas y tristes retratos de moradores desconocidos.

Todo suena a visto.
Recuerdo esas perlas iridiscentes de otros tiempos. Tiempos que no contemplaba porque pasaba por debajo de los rayos.
Estas partes de vuestras vidas se me antojan ajenas, parcas y descoloridas. Saben a caramelos añejos, a ocasos de naranja y a destellos en la lente de la memoria.

CORTINILLAS.

Nunca es suficiente. No basta con mirar hacia adelante. Tienes que borrar los ojos de la nuca para confiar en lo que está por venir será mejor que lo que pasó por detrás. Y eso no es cierto, lo sabes bien. Y te callas durante las intros de series anidadas sin contenido interior porque no quieres decir que te ponen triste las canciones pegadizas que luego no cuentan la vida de la familia en un suburbio de Los Ángeles.

Pero te las pones, a consciencia. Y cuando eso no es suficiente, te pones cortinillas de televisión antiguas. Ahí es donde apenas piensas, donde apenas estás. Porque entre las armonías por ráfagas, los colores, los estroboscopios y los trucajes antiguos no te están preguntando quién eres ni qué quieres. Ni siquiera estaban preparados para que volvieses a verlos, ha sido como abrir un viejo almacén de reliquias y tocar sus cuerdas para que toquen igual que antaño y te produzcan la ilusión de que le tiempo no pasó. Pero no son cómplices. Porque suenan a antiguo y no pueden evitarlo porque, simple y llanamente, no piensan. Como tú delante de ellas.

Magenta. Amarillo. Verde. Cían. Ráfagas de música. Notas de películas antiguas. Manos cayendo sobre teclados. Y llega otra. Y otra más. Y tú estás allí, perenne, absorto, contemplando, mirando sin mirar. Fuera de ti. Como esos zooms inversos que hacen. Se fugan, lo sabes, y lo haces, lo repites. Adornas la vida con esos colores y luego haces puertas con ellos, puertas raudas que comunican con el pasado y que se marchan sin dar explicaciones. Siete minutos de puertas abiertas, psicodélicas, en tromba, siete minutos en los que no estás, en los que estás con los colores y respiras con un sintetizador metido en el pecho. No lo pienses más. Vuelve a ver esas ráfagas de colores.

Vuelve a escapar. Como ahora, escapando al viejo estilo del blanco y negro. Con letras. Frente a una pantalla dejando pasar el turno de la mente y solo contemplando como algo se mueve en el monitor, y algo se mueve en el exterior pero no dentro de ti, por que tu estás haciendo una breve pausa entre contenidos sin comprometerte a existir.

Y ahora unos anuncios antiguos de productos que ya no puedes comprar.