MADRUGADA (2).

Solo hay que observar el carnívoro suelo iridiscente para saber que, precisamente ese, es el camino. El camino idóneo daña con colores violentos que pulsan con el vigor de un sol que devora las sombras, altivo, y solo deja figuras bañadas en indómitos esplendores. Así las purifica para el siguiente paso.

Es importante que las paredes sean rectas, así nuestras propias pérdidas serán nuestra responsabilidad y el hecho de que elimináramos todas las puertas confiere a aquel infierno una gran sensación de seguridad.
Allí dentro es lo peor que puedes encontrar y queda en tus manos atesorar los segundos de calma como las oportunidades de escapar de los bocados entre los dientes.

MÁS MENOS.

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Una imperante necesidad de transcribir los pulsos del vacío. Un estímulo pineal que empuja hacia atrás los contornos de la visión. Nada. Nada beatífica que rellena los espacios vacíos del intracosmos. Señales radioeléctricas que iluminan árboles neuronales.
Ya estoy bajando al terreno de lo dúctil.


El andar boca abajo en la senda del desatino. Burbujean los términos que provienen de un profundo magma color hueso.
“Está todo aquí” se escucha decir desde el interior del huevo.